¿Cuándo llegamos a Garachico?

¿Cuándo llegamos a Garachico?

 

Los recuerdos de mi infancia se dividen a partes casi iguales entre el barrio de San Roque (el de La Laguna), el pueblo de Echedo, en la isla de El Hierro, y las excursiones multitudinariamente familiares a diferentes rincones de Tenerife; excursiones eternas, con sobremesas deliciosas para los mayores y aburridísimas para los niños, que nos limitábamos a contemplar a nuestros padres echarse sus cubalibres (aún no se llamaban cubatas) en la terraza de cualquier bar de esos nortes de Dios.

Y cuando recuerdo esos viajes en coche con toda la familia –tíos, primos y demás familiares incluidos–, el destino imaginario de mi evocación siempre es Garachico. Es normal, porque aunque esas visitas no siempre tenían como destino esta villa, lo cierto es que la excursión a Garachico era siempre la más larga. Hoy en día, cuando alguien se queja de que un trayecto en coche está siendo demasiado tedioso, mi madre y mis hermanos todavía sacan a relucir una gloriosa frase mía que dice así: «¿Cuándo llegamos a Garachico?», y que solía lanzar –en cada excursión– nada más salir de La Laguna.

En Garachico –dicen– tuvo lugar mi primera borrachera, cuando, en una de esas aburridas sobremesas, me dediqué a beberme disimuladamente los culitos de unos vasos que no contenían coca-cola, como yo pensaba, sino los cubalibres de los mayores. Y de esa borrachera infantil nació otra frase de mi cosecha y que también se hizo famosa en la familia: «¡Se me doblan las rodillas!». No es seguro que esto ocurriera en Garachico, pero mi memoria siempre instala esa escena (que realmente yo no recuerdo) en este pueblo encantador.

También tengo la imagen, esta vívida y clara, de mi tío José Ramón salvando con su mano y su brazo de gorila a mi hermana pequeña Rubi –apenas un baifito de cuatro o cinco años– cuando una ola rebelde tomó posesión de las piscinas naturales de Garachico.

Todas esas escenas fueron pasando poco a poco al archivo de fotografías infantiles y se van desdibujando con los años, como nos ocurre a todos los que nos vamos acercando a la madurez.

Mucho tiempo después, y cuando creía que tocando la guitarra y cantando era más fácil ligar, acepté la invitación de un joven David Baute para participar en un concierto de cantautores que se celebraría en el convento de San Francisco de Garachico. Aquello ocurrió hace veinte años, y yo pensaba entonces que tarde o temprano los recuerdos de esa noche, que fue una noche extraordinaria y muy emotiva, irían pasando también a la correspondiente carpeta de recuerdos desdibujables. Pensaba que David Baute era tal vez un amigo pasajero y, desde luego, daba por sentado que en el convento de San Francisco nunca volvería a vivir nuevas emociones. ¿A santo de qué?

Me alegro de haberme equivocado.

 

Ramón Alemán
Foto Luz Sosa