Generaciones

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“A mí los chicos siempre me respetaron, porque yo me hacía respetar”. “Mi marido y yo discutíamos, como todo el mundo, pero después nos íbamos a la cama y se acabó el problema”. “En aquella época también aparecían chicas con barriga, no te creas…”.“Yo lo vi en el baile y pensé: ‘Qué chico más guapo…’ ”. Desde la pantalla de cine del convento de San Francisco, mujeres de Garachico le cuentan al patio de butacas cómo eran sus amoríos, pero en realidad lo están haciendo delante de una cámara para un grupo de adolescentes del instituto del pueblo, que ayer domingo presentaron en FICMEC el corto documental Relato de corazón.

Entonces, los chicos descubren que hace sesenta años las cosas eran muy diferentes pero también muy parecidas a como lo son hoy. Eran diferentes porque había hambre, porque no existía el whatsapp sino una ventana desde la que hablarle a la chica con la que se estaba enamorando; pero también eran muy parecidas, porque los jóvenes se volvían locos por ir a una fiesta, porque miradas furtivas enlazaron corazones de manera idéntica a como lo hacen en el siglo XXI, porque los chicos y las chicas sucumbían al poder arrebatador de la pasión con el mismo desenfreno que lo hacen hoy, aunque entonces no había preservativos…

Los chicos del instituto, que –como todos los adolescentes– creen saberlo todo (tanto que ya no habría nada nuevo que descubrir), aprenden a mirar con respeto y humildad a los ancianos de su pueblo y comprueban sorprendidos lo universal, lo inalterable que es la naturaleza humana: generación tras generación, con whatsapp y sin whatsapp. Antes de la película, el pequeño coro comarcal de voces blancas canta como los ángeles, como han cantado siempre los coros de voces blancas. Cierro los ojos, me acuerdo de la película Amadeus y me pregunto si en el siglo XVIII los niños cantaban igual. Claro que sí.

En la glorieta de San Francisco, jóvenes y viejos sofocan el calor en un puestito de helados de crema. Todos devoran el frío de colores como niños pequeños y se olvidan por un momento –el momento que dura un helado– de que ya no son niños.

Por la tarde, y dentro de la programación de FICMEC, se proyecta en la sala del festival la película L’Odysée, en la que nos cuentan la vida de Jacques Cousteau, aquel viejo que –como si fuera un anciano de Garachico– me enseñó tantas cosas que yo pensaba que no me iban a interesar cuando era niño. Y vemos al comandante transmitirle a su hijo Philippe la pasión por la vida submarina. O tal vez lo que vemos es que Philippe no aprendió nada, sino que ya llevaba la marca de aventurero en la herencia genética que su padre le donó.

Y me acuerdo de cuando conocí al mismísimo Cousteau en la Universidad de La Laguna, aquel día que vino a Tenerife para avalar con su sonrisa un proyecto de declaración de los derechos humanos de las generaciones futuras. No sé si aquello llegó a buen puerto, pero sí recuerdo las palabras de Cousteau: “Pensé que teníamos la obligación de elaborar esta carta de derechos la primera vez que vi una foto de la Tierra tomada desde el espacio”. Tierra diminuta, redonda y frágil que todos tenemos que proteger con pequeños gestos, como se hace en estos días en Garachico.

Ramón Alemán

Foto Luz Sosa



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