Padre volcán

Padre volcán

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Tenemos los tinerfeños la costumbre de llamar a veces padre Teide –y no simplemente Teide– a nuestro enorme volcán. A mí esa denominación siempre me ha parecido un tanto patriotera y folclórica, aunque yo mismo la he usado en más de una ocasión. Sin embargo, ayer jueves descubrí, gracias a la programación de Vulcanalia –una de las facetas más interesantes de FICMEC–, que eso de llamar padre al Teide (aunque también podríamos llamarlo madre) es algo muy pero que muy correcto desde el punto de vista científico, pues los volcanes no solamente renuevan la superficie terrestre, sino que sus dantescas emisiones de gases fueron las que hicieron posible, hace millones de años, la formación de la atmósfera, sin la cual la vida no sería posible en nuestro planeta.

En FICMEC vimos ayer el poder, tanto real como mítico, que tienen los volcanes sobre las poblaciones que viven a sus pies. Supimos que en Corea del Norte Kim Il-sung llegó a identificarse a sí mismo con el monte Paektu, y no porque sí, sino porque esta estupidez le venía muy bien, pues este volcán ya era adorado por los naturales del país muchos siglos antes de que naciera el dictador. También conocimos al vulcanólogo Clive Oppenheimer, que nos contó, micrófono en mano en el convento de San Francisco, que adora tanto su oficio que le gustaría morir –si tuviera que morir carbonizado por el magma– ante uno de los volcanes que hay en los satélites de Júpiter.

Sin embargo, después de ver Fogo Na Boca e Into the Inferno, dos de las películas programadas en Vulcanalia, a uno le queda la impresión de que en Canarias vivimos un poco al margen de esa realidad silenciosa, dormida pero no muerta, que son los volcanes, frente a cuyo peligro no sé si estamos realmente preparados. Garachico, sede de FICMEC, tiene aún en su frente las cicatrices de una erupción volcánica que hace apenas trescientos años dio al traste con el puerto más próspero de Tenerife, así que está muy bien que sea precisamente aquí donde se le dé un pequeño pellizco a la población, y especialmente a la Administración, para que abra los ojos y se dé cuenta, sin miedo pero con prudencia, de que vive debajo y encima de volcanes.

Recuerdo al extraordinario geólogo José Manuel Navarro, admirador y divulgador del trabajo de Telesforo Bravo, contándonos hace unos años a un grupo de periodistas que la formación de El Golfo, en El Hierro, era fruto de un deslizamiento gravitacional; en otras palabras, que ese enorme valle es consecuencia de que la mitad de la isla se desplomó, de lo alta que era, y se hundió en el mar. Un colega suyo se burló de él –por la teoría– y lo acusó de ser un alarmista por asegurar que cataclismos como ese aún han de repetirse en nuestras islas. Sin embargo, hoy sabemos que Navarro, como Telesforo Bravo, tenía razón, y también sabemos que lo suyo no eran ganas de alarmar, sino esa necesidad del científico de serle útil a la sociedad en la que vive.

FICMEC y Vulcanalia se presentan, ante el silencio de nuestros gobernantes, como una herramienta eficaz para aprender a vivir entre volcanes. Nemesio Pérez, canario y vulcanólogo, decía en otra de las películas que hemos visto estos días que los planes ante riesgo volcánico no son papeles que deban dormir en una gaveta, sino documentos que la ciudadanía debe conocer: ¿qué hay que hacer si un volcán entra en erupción?, ¿cómo se evacua una ciudad? Frente a aquellos que aseguran que el simple hecho de plantear estas dos preguntas lo convierte a uno en alarmista, los expertos en la materia nos piden a gritos que aprendamos a conocer de una vez por todas el idioma de nuestros padres los volcanes.

Ramón Alemán

Foto Luz Sosa



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