Sankofa

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Hasta ayer lunes yo no sabía lo que significa la palabra sankofa. Me lo explicó Beatrice Arthur, una ghanesa impetuosa y alegre que está en FICMEC como ayudante del artista El Anatsui, de su misma nacionalidad. Anatsui –un creador que convierte tapones de bebidas alcohólicas en obras de arte– es poco hablador, casi mudo, pero su colaboradora regala todas las palabras que él no quiere pronunciar. Y lo hace, atropelladamente, en inglés, en francés, en italiano, en español… Beatrice me enseñó ayer la palabra sankofa, que significa algo así como ‘volver atrás para recoger lo que se me olvidó’ en uno de los idiomas de su región, de su pueblo, de su tradición, de sus ríos (resultaría absurdo hablar de países africanos, de fronteras trazadas con líneas rectas sobre un mapa por los europeos invasores).

Es bueno aprender, como aprenden todos los días los jóvenes de la rama audiovisual que hacen prácticas en el festival, o los de formación profesional, que escuchan cómo se cultivan lombrices y cómo sacarle partido a un huerto urbano. Todos los que llevamos en Garachico una camiseta verde –desde Indira, la traductora que da forma española a las escasas palabras de Anatsui, hasta Claudia, responsable de la web de FICMEC, pasando por Leticia, Teresita, Ani, los Danis, Manu, César, Javi, Alejandro, Luz, Amanda… (no caben todos, así que debo parar)– aprendemos algo nuevo cada día. Si no fuera así, tendríamos que hacer sankofa, si es que es un sustantivo, o bien tendríamos que sankofar, si se trata de un verbo.

Sankofa es la acción de volver hacia atrás para recoger lo que se te olvidó, pero hay que hacerlo (así me lo explicó Beatrice) “como el ave que se gira para atrapar un huevo que se le quedó en el camino: echas el cuello para atrás, pero no dejas de caminar”. Algo de eso –de la necesidad de volver la vista atrás sin dejar de avanzar– se vio ayer en las películas Col, papas y otros demonios y Semilla, que nos mostraron que la codicia humana ha llegado al punto de no respetar algo tan esencial como los alimentos (toneladas de coles en el vertedero para ajustar los precios; el mercado de semillas en manos de multinacionales…).

Vuelvo la vista atrás y hago sankofa para recoger una frase de mi abuela que nos hemos dejado en el camino: “Con la comida no se juega”. ¿Qué tal si aprendemos un poco de nuestros abuelos?

Ramón Alemán

Foto Luz Sosa



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