Vida y muerte de las ballenas piloto

Vida y muerte de las ballenas piloto

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Para casi todos los canarios, hablar de ballenas piloto es hablar de la belleza de una colonia de cetáceos que vive apaciblemente entre Tenerife y La Gomera. Son animales inteligentes y vistosos, y sus días transcurren bajo las reglas de un complejo sistema social que nos hace verlos casi como si fueran seres humanos submarinos, aunque en realidad no lo son, de la misma manera que los delfines no sonríen pese a que a nosotros nos encanta pensar que sí lo hacen.

Esa empatía es la que llevó al extraordinario cineasta austriaco Michael Schlamberger a tomarse la molestia de venir hasta Canarias para rodar el documental The Canary Islands, en el que, entre otras cosas, nos muestra bellas imágenes de estos mamíferos. La película, cuyo estreno nacional tuvo lugar ayer martes en Garachico ante casi mil personas, es la cara de una cruz que ayer mismo se pudo ver en FICMEC: el documental The Islands and the Whales, sobre la caza de ballenas piloto en las islas Feroe.

Las Feroe están pobladas por descendientes de vikingos. Son un país peculiar en todo: la nación cuenta apenas con cincuenta mil habitantes, pero tiene idioma y religión propios y, aunque pertenece a Dinamarca, no forma parte de la Unión Europea. Los hombres y las mujeres de estas islas (rubios, barbudos ellos, de voces dulces pero de vidas duras) son en realidad verdaderos vikingos del siglo XXI y se alimentan de la misma manera que sus antepasados: su dieta se basa casi exclusivamente en carne de ballenas piloto, frailecillos y corderos.

Cuando cazan ballenas, las aguas de las bahías en las que acorralan a las primas hermanas de las piloto canarias se tiñen de un rojo intenso, y los hijos de los cazadores imitan a sus padres y juegan con cuchillos de plástico, haciendo como si abrieran en canal a las presas. Todo eso lo vemos en el documental; por eso una niña de seis años que había asistido a la proyección le dijo a su madre: “Es la película más horrible que he visto en mi vida”.

FICMEC nos dio ayer una nueva lección: el festival de Garachico no pretende ser una sucesión amable de imágenes de la naturaleza para deleite de nuestros sentidos, sino una herramienta para comprender mejor las interacciones entre el hombre y el planeta que habita. Por eso es fantástico que podamos ver el documental de Schlamberger –que, por cierto, también muestra la crueldad de la naturaleza a través de un cuervo que se zampa los huevos de una hubara–; pero es imprescindible ver la cinta sobre las islas Feroe, un archipiélago en el que la carne de ballena ha sido durante siglos el sustento de sus pacíficos vikingos. Para ellos, la sangre esparcida en la bahía no es horror ni crueldad, sino la seguridad de que no pasarán hambre en invierno.

Dicen que san Brandan, el monje que –ya fuera mito o realidad– pasó por nuestras Canarias para inventar sobre una ballena la isla de San Borondón, también estuvo en las Feroe. Y el primer conquistador de Canarias, que nos dejó apellidos que ya son nuestros, como Bethencourt y Betancor, era un normando (‘hombre del norte’) descendiente de vikingos. Y de la misma manera que nosotros tenemos legendarios antepasados, ellos tienen sus huldufolks (‘hombres ocultos’). En realidad, feroeses y canarios somos bastante parecidos… No olvidemos, pues, que si los condenamos a ellos por matar a las primas hermanas de nuestras ballenas, estamos condenando a nuestros propios primos hermanos.

Ramón Alemán



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