Conversión

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Todos somos ecologistas, pero no lo sabemos. O, mejor dicho, todas las buenas personas lo somos, aunque no lo sepamos. Todos deseamos vivir en un mundo agradable, apacible, limpio y que sea perdurable. Lo que muchos no sabemos –y me incluyo– es cuántas de las cosas que hacemos cada día impiden que nuestro mundo sea agradable, apacible, limpio y perdurable; por ello, aunque seamos ecologistas, no practicamos el ecologismo.

Yo, por ejemplo, no sé cómo se produce lo que compro todas las semanas en el supermercado, pero es muy probable que mi conciencia diera un respingo si llegara a conocer algunos de los procedimientos de las empresas que venden al supermercado todas esas cosas que después adquirimos nosotros… Qué sé yo: a lo mejor resulta que para que yo pueda meter en el carro del súper un paquete de cincuenta bolsas de basura (con las que llevaré a cabo prácticas primermundistas de separación de residuos) ha sido necesario contaminar un río o desplazar de su territorio a un pueblo indígena. No lo sé.

Tengo la impresión de que para pasar de ser ecologistas a practicar el ecologismo, muchos de nosotros necesitamos caernos del caballo, como Pablo de Tarso ante Jesús resucitado; precisamos toparnos de frente con un hecho revelador, diáfano y definitivo que nos diga que no hay otro camino, que la Tierra ya no soporta más a la humanidad y está dispuesta a sacrificarla, que a los seres humanos nos quedan dos telediarios, que la agradabilidad, la apacibilidad y la limpieza ya no son algo perdurable porque la mierda –con perdón– nos come y el festín del primer mundo tiene que terminar.

Por eso me ha gustado tanto conocer, en el marco del FICMEC, a dos personas que, sin haberse caído del caballo, sí han tenido pequeñas –o grandes– revelaciones que los han convertido aún más a un ecologismo que probablemente ya estaban comenzando a abrazar. Me refiero a Víctor Luengo (en la foto), director del documental The Price of Progress, y a Raúl Pérez, autor de las esculturas que dan forma a la palabra FICMEC en las escaleras de la glorieta de San Francisco de Garachico.

El primero tenía la intención de hacer una película sobre grupos de autoconsumo de Madrid, pero, según sus propias palabras, fue «desenrollando la alfombra» y acabó descubriendo al monstruo de las grandes corporaciones alimentarias. En cuanto a Raúl, reconoce que no había tomado conciencia de la importancia del reciclaje hasta que el festival le encargó esa escultura, que elaboró con residuos que le enviaron desde un centro escolar. Al ver la cantidad de bolsas de basura que se llenaban en apenas unos días, se dio cuenta de que algo no va bien en nuestra querida Tierra.

Yo sigo esperando por mi particular caída del caballo y estoy casi seguro de que, cuando ocurra, será en alguna de las muchas ediciones que aún le quedan al FICMEC.

Ramón Alemán

Foto: Luz Sosa



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