La caverna del siglo XXI

La caverna del siglo XXI

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Durante miles de años y miles de generaciones, decenas de miles de hombres y mujeres vivieron en las cavernas, que acomodaron a sus necesidades para habitarlas con cierto bienestar. A diferencia del oso, del murciélago o del ratón –que siempre se conformaban con el agujero que encontraban, sin alterarlo–, los humanos fueron capaces de modificar la naturaleza de la caverna para que les fuera útil: en un rincón dormían, en otro preparaban la comida, en el de más allá pintaban escenas de caza y contaban cuentos exagerados sobre la última matanza; en la esquina más discreta hacían sus necesidades y en el fondo de la gruta enterraban a los muertos. Al principio lo hicieron con respeto, apenas alterando las formas y la piel de la caverna, sin causarle daño a su madre, la Tierra.

Pero el hombre, ese animal que con su inteligencia y su capacidad de transformarlo todo se ha colocado al borde de la aniquilación, fue haciendo de esa caverna un lugar cada vez más grande, más artificial, más sofisticado y más violento. Un día salió de su cueva y empezó a fabricar, piedra sobre piedra, cavernas perfectas rodeadas de senderos largos y rectilíneos. Y así inventó las ciudades. Y domesticó un caballo para poder montarlo y llegar más rápido a la ciudad vecina. Y un día quiso ir más rápido y más lejos e inventó el barco. Y después el tren.

Y un día descubrió que con petróleo y un motor podía fabricar un coche e ir más rápido aún. Y después inventó el avión. Y después inventó el plástico, y los insecticidas, y las bombas químicas para matar al vecino pobre y molesto, y la bomba atómica para asustar a todos los vecinos de las supercavernas de su pequeño universo, y los vertederos para esconder en un lugar remoto toda la basura que ni él ni la madre Tierra querían. No se dio cuenta durante todo este tiempo de que, con la pretensión de hacer de su efímero paso por la Tierra una estancia cómoda y segura, estaba convirtiendo la vida –no solo la vida humana, sino la de todas las especies– en un fenómeno condenado paulatinamente al fracaso.

Ahora, en el siglo XXI, casi al borde del abismo de la existencia humana, una arquitecta estadounidense, Elizabeth Monoian, sueña con lograr que nuestro vertiginoso desarrollo tecnológico sirva para construir viviendas que no sometan la tierra sobre la que se asientan, sino que convivan con ella en armonía. Monoian quiere inventar una nueva caverna, una cueva confortable como la de nuestros antepasados pero que no renuncie a los grandes avances de la humanidad, que los ha habido.

Hoy, en FICMEC, horas antes de recibir el Premio Brote Artístico por su labor al frente de Land Art Generator Initiative (LAGI), un proyecto con el que pretende generar ideas entre científicos, diseñadores, arquitectos e ingenieros para crear nuevos modelos de paisaje, Elizabeth nos dijo que «tenemos muy poco tiempo para el desafío de salvar a la humanidad» y se mostró a un tiempo optimista por el compromiso de los jóvenes con el planeta y preocupada por la indiferencia de los líderes políticos. Yo me quedo con su optimismo, y me imagino que ella también. Si no fuera así, no soñaría con cavernas del siglo XXI.

 

Ramón Alemán
Foto: Rosa Verde



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