Regreso

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El Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias, FICMEC –como tantos otros encuentros culturales que se celebran en estas islas (y allende los mares)–, es una obra colectiva en la que trabajan, con grandes dosis de voluntad y pocos medios, personas altamente cualificadas, todas volcadas en la consecución del proyecto anual que emprenden. Algunas de esas personas, cuyo número ignoro, son autónomas; y aquí es donde empieza un relato que, sin que sirva de precedente –pues este no es un diario personal– tiene que ver con un servidor, con su condición de trabajador autónomo y con FICMEC.

 

Como todos sabemos, el trabajador autónomo es ese profesional que nunca se pone enfermo, porque no puede, y que rara vez rechaza un encargo, porque ese es un lujo que no se puede permitir. Yo recibí hace varios meses el encargo de acudir por segundo año consecutivo a colaborar en la oficina de prensa del festival, y dije que sí, por supuesto. Y hace una semana vine desde La Laguna, la ciudad en la que vivo y en la que trabajo, a una reunión preparatoria.

 

Varios días después, la casualidad hizo que mi volumen de trabajo creciera de manera notable, lo cual me causó algo parecido a un ataque de pánico que me llevó a amagar con no venir este año a Garachico, todo ello pese a mi compromiso previo y a lo bien que me vendría el cobro de la factura correspondiente. Y, con la misma velocidad con la que me abordó el pánico, wasapeé al director de FICMEC, David Baute, para descargar en él todo el peso de mi angustia. La respuesta de David, tan sencilla como su proverbial serenidad, fue corta y tajante: «Tranquilo, ya sabes que aquí se vive a otro ritmo; esto no es la ciudad». Sus palabras me sonaron a película yanqui, de esas en las que se contraponen las ideas de la ciudad (Nueva York, por lo general) y lo que no es la ciudad…

 

Finalmente mi amago de deserción quedó en nada gracias, en parte, a las palabras de David, que para colmo tenía toda la razón: desde que, a primera hora de esta tarde, enfilé la callejuela de escalones que conduce al convento de San Francisco, sede del festival, algo me hizo olvidar repentinamente mi condición de autónomo agobiado. Ese algo es la esencia intangible y misteriosa de Garachico, que David Baute ya me había resumido con maestría y como quien no quiere la cosa, o sea, de la misma manera en que hace posible la existencia de FICMEC. Tenía razón, toda la razón: hay que regresar de vez en cuando a Garachico.

 

Ramón Alemán

Foto Luz Sosa



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