Corazón gigante

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Patricia era funcionaria en un ministerio, pero un buen día decidió dejar su trabajo y centrarse en ayudar a su familia, que atravesaba por problemas.

Dicho así, podría parecer que lo que se va a contar es una historia cualquiera de una mujer corriente con un problema familiar común, pero no; en realidad les voy a relatar una historia extraordinaria de una mujer imbatible que se enfrenta desde hace quince años a un problema descomunal.

Patricia Gualinga pertenece al pueblo de los sarayaku, una sociedad indígena a la que por decisión de otros le tocó formar parte de un país al que alguien llamó Ecuador, aunque su mundo, el mundo de los sarayaku, nada tiene que ver con las líneas imaginarias que separan los países por colores para que podamos distinguir Ecuador de Colombia y Perú: los límites del territorio de este pueblo indígena lo marcan los árboles, los ríos, las montañas y las piedras… Por eso, cuando el Gobierno de Ecuador le dio permiso a una empresa petrolera para entrar en la tierra de estos indios, Patricia, que por entonces trabajaba como funcionaria para el departamento de turismo de ese mismo Gobierno, lo dejó todo para ir a defender a su familia, a sus vecinos, a sus iguales.

Aquellas primeras batallas de la joven Patricia fueron muy eficaces, hasta el punto de que la empresa petrolera no sacó ni una gota y se fue con el rabo entre las piernas, aunque desde entonces no ha dejado de intentarlo una y otra vez, con amenazas de muerte incluidas; ya se sabe que los codiciosos, los fanfarrones, los arrogantes, siempre quieren tener la última palabra. Por eso la lucha de Gualinga, como la de otras muchas mujeres (y hombres, pero siempre con la fuerza de ellas en la vanguardia), sigue siendo necesaria en la Amazonía.

En realidad, de lo que se defienden los sarayaku y otros pueblos indígenas no es simplemente de unas máquinas que quieren entrar en su selva para exprimir el subsuelo, sino de una forma egoísta de entender el mundo y la relación del ser humano con el resto del planeta; un antropocentrismo que nos ha colocado literalmente al borde de la desaparición. Al defender la Amazonía, esos indios también nos están defendiendo a nosotros de nosotros mismos.

Como arma contra especuladores, empresarios, holdings y gobiernos, Patricia solamente cuenta con su corazón, y así nos lo confesó hoy mismo, un día después de haber recibido el Premio Brote al Activismo Medioambiental de FICMEC y unos minutos antes de exponer ante el público de Garachico su causa. «Yo tenía aspiraciones personales muy propias –nos dijo–, pero no se pueden anteponer esas aspiraciones cuando ves que tu pueblo va a ser despedazado y tu familia va a sufrir todas las consecuencias. La vida te pone los retos y uno acepta eso según su conciencia y su corazón».

Y como su corazón es gigante, Patricia no necesita más armas.

 

Ramón Alemán
Foto: Rosa Verde



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